domingo, 5 de febrero de 2012

Aunque estés despeinada me gustás igual

Me enteré cómo se entera todo el mundo de las cosas. Esas cosas que uno quiere o no quiere enterarse. O simplemente me enteré porque tenía que enterarme. Supongo que ese “don” o mejor dicho, esa “obligación” que tiene uno de enterarse de ciertas cosas, es netamente atemporal.
Lo primero que se me vino a la cabeza fue la tarde en que me confesó que no quería trabajar más en el banco, que iba a dejar Economía y que se iba a dedicar a ayudar gente en todo el largo y el ancho del mundo. Al instante no pude contener mi viejo mierdismo y pensé, “se agarró una de esas cosas que se agarran estos que están comprometidos, esas pestes bohemias. Se hubiera quedado en el banco, como asesora de grandes clientes y esto no le pasaba”.
Igual, así como creo que uno se entera de lo que se tiene que enterar, también creo que hay cosas que uno no puede evitar que le pasen. Quizás si hubiera seguido en el banco, también le habría pasado lo mismo. Es una buena forma de evitar pensar que las cosas que nos pasan son culpa nuestra.
Me acuerdo que la conocí en el banco, yo le tenía que ir a pagar unos impuestos a Juan Carlos (en esa época era Don Carlos para mí), y ella era la chica que te daba el numerito en la entrada. Los dos habíamos entrado hacía un mes a sus trabajos y teníamos la misma cara de susto. También me acuerdo que a ella la cagaron a pedos por “extender los tiempos de atención y entorpecer la entrada”, a mí cuando volví “Don Carlos” también me cagó a pedos porque tarde “como 40 minutos en hacer un trámite de mierda”. En el tiempo que estuvimos juntos, ella dejó la mesa de entrada del banco y yo dejé de lavar piezas con nafta. Para cuando dejamos de vernos, ella era asesora de grandes clientes y yo la mano derecha de Juan Carlos, que me seguía pareciendo el mismo tano miserable que cuando recién empecé.
Como era bastante bueno con la memoria, me esforcé y traté de acordarme su celular, pero fue imposible. Así que no me quedó otra que llamar a la casa de la vieja de ella, hubiera preferido ser menos obvio, pero bueno la memoria recuerda lo que ella quiere y no lo que a uno le conviene. Me atendió el marido de la madre, la vieja se había separado cuando los chicos eran muy chicos y del padre poco se sabía. Este fulano era la segunda pareja de la madre y con él habían tenido un perro (como estaban viejos para tener hijos, tenían un caniche que lo trataban mejor que a un hijo). Aunque el tipo nunca me quiso mucho, me saludó correctamente. Le pregunté cómo andaba. Me dijo que dentro de lo que podía bien. Me preguntó si quería hablar con ella que la llamaba, porque estaba en el comedor con la madre. Pegó el grito, le avisó que tenía teléfono y me dejó esperando en el tubo, porque “Pedrito” estaba ladrando de hambre.
Al rato me atendió ella, me reconoció en seguida. Le pregunté cómo andaba, me contestó que como podía. No había que ser muy despierto para darse cuenta el motivo de mi llamada. Para no ahondar en explicaciones incómodas le pregunté si tenía ganas de ir a tomar algo a la tarde. Me contestó que no estaba de ánimo, pero que si yo lo prefería pasaba un rato por casa dps de las 4, ella sabía que a Juan Carlos yo le seguía diciendo que me iba a la facultad y la 3 me escapaba del taller.
Llegué, me pegué una ducha rápida para sacarme ese olor a transpiración mezclado con grasa y puse el agua para tomar mate.
4 y cuarto suena el timbre, la puntualidad no era una de sus virtudes y fue algo que me molestó durante mucho tiempo, pero a estas alturas de los acontecimientos, no era algo que le fuer a reprochar.
Estaba un poco más pálida que de costumbre, era muy blanca pero se pintaba la boca de rojo y se ponía rubor en los cachetes, parecía un muñequita de porcelana, pero bueno, hoy las circunstancias eran otras y calculo que los ánimos también.
Abrí la puerta, me miró y se sonrió, me dijo la misma muletilla que decía cada vez que me veía “a vos te veo cara conocida”. Puso un pie adentro, miró para los costados, como si se tratara de un paso a nivel y me dio un abrazo.
Aunque sonriera constantemente, estaba triste. Odiaba que yo me diera cuenta que estaba triste, pero siempre lo había hecho. Cuando se sonreía en serio se le hacían dos hoyitos en la cara, que no se le hacían cuando sonreía de compromiso. Aunque habían pasado algunos años, yo le había dedicado antes, otros varios años más a mirarla.
Le dije si quería un mate, me preguntó si no tenía un cervecita fría, ella sabía que a mí me gustaba, y sobre todo en verano tomarme una cerveza cuando llegaba del taller, o quizás no me quiso incomodar.
Me contó que hacía tres meses se agarraba cualquier peste que anduviera suelta, hasta que un día, después de unos estudios, se enteró por qué y de ahí en más no hacía otra cosa que tomar pastillas y llorar en el cuarto. Me contó que el novio la había dejado después de que confirmaron lo que tenía, que le dijo que no podía llevar tremenda mochila con ella y en el banco le habían dado licencia por enfermedad. También me contó que sus clientes se los habían pasado a la chica nueva, una piba recién recibida que era de mataderos.
Abrimos otra cerveza y me preguntó si seguía en el taller, y si seguía con esa chica de Ramos. Nunca supe cómo se enteró que yo estaba con alguien y menos cómo sabía que era de Ramos Mejía; pero supongo que así como yo estaba al tanto de su vida, ella lo estaba de la mía.
Apuró el vaso de cerveza y me pidió que la lleve a la casa, me dijo que no quería que mi vieja la vea así.
Subimos al auto y la dejé en la esquina, yo no quería tampoco que me vieran en su casa. Me miró, me corrió el flequillo, me dio un beso en la frente y me dijo “nunca me diste bola cuando te pedía que te saques el pelo de la cara”.
Arranqué y antes de doblar en la esquina, me dí cuenta que se había olvidado el sweatercito a lunares que yo le regalé para un cumpleaños, puse marcha atrás, le iba a tocar bocina, pero ya había entrado.
Al día siguiente, salí del taller y me fuí a llevarle el sweater a lunares, sabía que a esa hora la vieja y el marido se iban a pasear a Pedrito a la plaza.
Apenas doblé ví una ambulancia y la ví a la vieja que se subía llorando, también vi al marido de la vieja con Pedrito a upa que entraba y salía de la casa corriendo.
Cuando llegué a casa mi vieja me preguntó si no me había enterado de la desgracia de esta chica, que cómo podía ser y me recordó la suerte que tuve al separarme de ella, sino Dios sabe qué me podría haber pasado a mí. Me recordó lo afortunado que fui en tener una familia bien conformada, ya que ella y mi viejo me habían criado como era debido.
Después me miró, me preguntó de dónde venía, si me había tenido que quedar después de hora en el taller.
Le contesté que no, que nada más había ido a la peluquería a cortarme el flequillo

PD: En este mundo basta que quieras realmente hacer una cosa, para que tengas a todos en tu contra. Alberto Laiseca



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