Homologado el certificado de salud mental, el tipo se dispone a volver al mundo exterior, después de muchos años o quizás no tantos… de vida de encierro o simplemente de otra vida, la realidad se le manifiesta frente a él.
Es amorfa, no es caritativa, es ponzoñosa y no tiene ganas de ser amable. Para colmo de males el se esfuerza en ser gentil. Pero ya había perdido práctica en estos menesteres de mundano ser humano, de callejones o callejuelas recorridas, era como un gran formateo de mente. Y si bien recordaba las premisas básicas, había perdido por completo el estado físico, psíquico y anímico. Demasiadas caras nuevas y aun más caras viejas que se empeñaba por olvidar, por perder de vista de una buena vez.
Era por eso que había decidido salir a la calle, bajar por el ascensor, agarrar el abrigo, cerrar las ventanas y mirar que no quede nada abierto, para afrontar las luces, esa avenida grande y llena de humo casi neblinezco, como una émulo de un Londres de cuento de Edgar Alan Poe pero sin calle Morgue, sin gorilas y sin micros double deck.
En una de esas el veía todo así, o así quería verlo todo, un entorno lúgubre que le justificara su estado de ánimo. Una gambeta a las cosas alegres, para poder sentirse mal sin culpa.
Venía intrínseco, su naturaleza autodestructiva su no apego a lo que lo rodeaba porque siempre había tenido la certeza de que su única misión en esta vida era morir. Decidido por completo a cumplir con sumisión, su misión fue que cruzó la calle mientras meditaba
-Tren?
-Un disparo?
-Las alturas
Siempre había tenido cierta atracción por las alturas, como una voz que lo llamaba que lo provocaba (eso pensaba él), que lo invitaba a un ínstate de libertad plena y absoluta, previa a la libertad que suponía abandonar su vida, abandonar su casa, su trabajo, sus deudas y sus deudores. Él lo sentía como una liberación un deseo, una elección, porque él no había elegido nacer, ni crecer
La rutina, su rutina lo había consumido por completo.
Llegar a la casa, viajar en el colectivo, fichar para que le paguen alguna extra, procurar que se viera que trabajaba, comer el mismo menú en el comedor durante 15 años, bañarse a la mañana, despertarse sólo a la hora exacta, a costarse siempre a las diez, esa era su vida.
No había nadie más que él, hace rato ya que no permitía que nadie se metiera, que le dejara el cepillo en el baño, hacía rato que no había hebillitas en su mesa de luz, pero ya era normal “las hebillas siempre me las clavo cuando ando descalzo” argumentaba, en realidad se le clavaban más profundo. Había abandonado sus sentimientos barrocos y había optado por un sano minimalismo, todo blanco y negro que decoraba su corazón, aunque en realidad siempre le había causado gracia el Pop Art y los cuadros de colores de Warhol.
Bufón Technicolor
lunes, 9 de junio de 2008
Saltando en picada a la mexicana...
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2 comentarios:
me re gusta lo qe escribis,, lo escribis vos? =)
un re beso che
Salvo lo que está debidamente citado, todo de yo.
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