Uno está lleno de malas costumbres. No es mala educación, mi abuela diría que soy “mal aprendido”, no “mal educado”, porque mis padres me educaron bien. Y puede que esta señora tenga razón, puede que sean costumbres adquiridas, algo así como vicio de profesión, pero de la vida y no de la profesión. Serán vicios de vida entonces?.
Algo parecido a sacarse los mocos de la nariz o rascarse el culo en público, pero menos escatológicos.
Pero uno va creciendo y se va dando cuenta de cómo estas costumbres terminan haciendo mal, terminan por lastimar lo que uno más quiere, que es uno, o sea YO.
Y a medida que pasa el tiempo, uno (por lo menos YO), se va (me voy), cansando, agotando. Es como una tendinitis en el alma, de mucho esfuerzo continuo y por sobre todas las cosas improductivo. Pero como dije antes me voy cansando, voy sintiendo como la espalda se me dobla, como me tiemblan las piernas y como no soporto como antes ese esfuerzo.
Es por esto que uno de estos días dejo de darle de comer a los chanchos. Dejo de estudiar para ese final que sé que nunca voy a aprobar. Dejo de querer hacer que arranque el Citroen 3 CV de mi abuelo: Uno de estos días dejo de invitar a mis asados a todos comensales vegetarianos que sólo me elogian la ensalada. Un día dejo de querer mandarte mensajes de texto con señales de humo. Empiezo a apuntarles a los colibríes y dejo de insistir con los chimangos. Dejo de practicar hacer un gol con pelota parada y querer clavarla en el ángulo si le pego con el muñón. Un día dejo los negocios que nunca me dejaron ni me dejarán ganancia y me pongo un parripollo o una cancha de paddle. Aunque quizás tenga más suerte con un maxikiosko, vos fijate y por ahí uno de estos días empiezo a fiarte los cigarrilos….
Un día me canso y dejo de escribir en este blog de mierda.
Bufón en la corte de las causas perdidas
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