jueves, 26 de junio de 2008

Basta! me voy, rumbo a la puerta....

Cuando no alcanza el amor que ofrecés
Y peleas una causa perdida
El amor se transforma en herida
Que no cierra y que no deja ver
Y ceder en la puesta es tan duro
Sin apuro y sin pausa
Empezás a perder

Gris., Los Piojos, 3º Arco

Bufón empujándose con la punta de los dedos de los pies

martes, 24 de junio de 2008

Hoy no se fía mañana tampoco

Uno está lleno de malas costumbres. No es mala educación, mi abuela diría que soy “mal aprendido”, no “mal educado”, porque mis padres me educaron bien. Y puede que esta señora tenga razón, puede que sean costumbres adquiridas, algo así como vicio de profesión, pero de la vida y no de la profesión. Serán vicios de vida entonces?.
Algo parecido a sacarse los mocos de la nariz o rascarse el culo en público, pero menos escatológicos.
Pero uno va creciendo y se va dando cuenta de cómo estas costumbres terminan haciendo mal, terminan por lastimar lo que uno más quiere, que es uno, o sea YO.
Y a medida que pasa el tiempo, uno (por lo menos YO), se va (me voy), cansando, agotando. Es como una tendinitis en el alma, de mucho esfuerzo continuo y por sobre todas las cosas improductivo. Pero como dije antes me voy cansando, voy sintiendo como la espalda se me dobla, como me tiemblan las piernas y como no soporto como antes ese esfuerzo.
Es por esto que uno de estos días dejo de darle de comer a los chanchos. Dejo de estudiar para ese final que sé que nunca voy a aprobar. Dejo de querer hacer que arranque el Citroen 3 CV de mi abuelo: Uno de estos días dejo de invitar a mis asados a todos comensales vegetarianos que sólo me elogian la ensalada. Un día dejo de querer mandarte mensajes de texto con señales de humo. Empiezo a apuntarles a los colibríes y dejo de insistir con los chimangos. Dejo de practicar hacer un gol con pelota parada y querer clavarla en el ángulo si le pego con el muñón. Un día dejo los negocios que nunca me dejaron ni me dejarán ganancia y me pongo un parripollo o una cancha de paddle. Aunque quizás tenga más suerte con un maxikiosko, vos fijate y por ahí uno de estos días empiezo a fiarte los cigarrilos….
Un día me canso y dejo de escribir en este blog de mierda.

Bufón en la corte de las causas perdidas

lunes, 9 de junio de 2008

Saltando en picada a la mexicana...

Homologado el certificado de salud mental, el tipo se dispone a volver al mundo exterior, después de muchos años o quizás no tantos… de vida de encierro o simplemente de otra vida, la realidad se le manifiesta frente a él.
Es amorfa, no es caritativa, es ponzoñosa y no tiene ganas de ser amable. Para colmo de males el se esfuerza en ser gentil. Pero ya había perdido práctica en estos menesteres de mundano ser humano, de callejones o callejuelas recorridas, era como un gran formateo de mente. Y si bien recordaba las premisas básicas, había perdido por completo el estado físico, psíquico y anímico. Demasiadas caras nuevas y aun más caras viejas que se empeñaba por olvidar, por perder de vista de una buena vez.
Era por eso que había decidido salir a la calle, bajar por el ascensor, agarrar el abrigo, cerrar las ventanas y mirar que no quede nada abierto, para afrontar las luces, esa avenida grande y llena de humo casi neblinezco, como una émulo de un Londres de cuento de Edgar Alan Poe pero sin calle Morgue, sin gorilas y sin micros double deck.
En una de esas el veía todo así, o así quería verlo todo, un entorno lúgubre que le justificara su estado de ánimo. Una gambeta a las cosas alegres, para poder sentirse mal sin culpa.
Venía intrínseco, su naturaleza autodestructiva su no apego a lo que lo rodeaba porque siempre había tenido la certeza de que su única misión en esta vida era morir. Decidido por completo a cumplir con sumisión, su misión fue que cruzó la calle mientras meditaba
-Tren?
-Un disparo?
-Las alturas
Siempre había tenido cierta atracción por las alturas, como una voz que lo llamaba que lo provocaba (eso pensaba él), que lo invitaba a un ínstate de libertad plena y absoluta, previa a la libertad que suponía abandonar su vida, abandonar su casa, su trabajo, sus deudas y sus deudores. Él lo sentía como una liberación un deseo, una elección, porque él no había elegido nacer, ni crecer
La rutina, su rutina lo había consumido por completo.
Llegar a la casa, viajar en el colectivo, fichar para que le paguen alguna extra, procurar que se viera que trabajaba, comer el mismo menú en el comedor durante 15 años, bañarse a la mañana, despertarse sólo a la hora exacta, a costarse siempre a las diez, esa era su vida.
No había nadie más que él, hace rato ya que no permitía que nadie se metiera, que le dejara el cepillo en el baño, hacía rato que no había hebillitas en su mesa de luz, pero ya era normal “las hebillas siempre me las clavo cuando ando descalzo” argumentaba, en realidad se le clavaban más profundo. Había abandonado sus sentimientos barrocos y había optado por un sano minimalismo, todo blanco y negro que decoraba su corazón, aunque en realidad siempre le había causado gracia el Pop Art y los cuadros de colores de Warhol.

Bufón Technicolor